
La Ferri en el bolsillo de mi paletó
Escribe Carlos Amador Marchant
Curiosamente
esta mujer entró en nosotros, en muchos de nosotros, tras esa década
del 70 que siempre está iluminada en la ventana, y no se fue nunca.
Nunca.
¿Por qué me encapricho escribiendo sobre una cantante que
interpretó unos cuantos temas que se hicieron populares, que enamoró,
por cierto, a millones de colegiales y que al mismo tiempo era una rubia
hermosa y espectacular?. La respuesta salta de inmediato desde este
sagitario que llevo y me lanzo al abordaje.
Gabriela Ferri, debo
decirlo con franqueza, encandiló mis pasos en la etapa de los 15 años.
No sólo la recuerdo a ella, sino sus melodías frente a las costaneras de
diferentes ciudades.
Con esa voz ronquita, con la sensualidad que
emanaba desde la televisión en blanco y negro que nos llegaba de Italia
y, por supuesto, con esos versos que siguen retumbando los oídos: “Se
acaba ya la tarde, la última que queda….y nuestros ojos que están
callados, lloran de pena…”.
Recuerdo y concuerdo ser partícipe de
esta voz que me perturba, y haber paseado por puentes de legendarias
ciudades chilenas acompañado por una tropa de jóvenes, mientras el aire
de la costa golpeaba rostros y las salpicaduras del mar humedecían
ropajes. Eran momentos en que junto a estas canciones observábamos
tímidamente a una chica, la chica de caminar gracioso, la que
gesticulaba, la que reía, a la que encontrábamos electrizantemente
hermosa.
Y es precisamente por esto, es por esta razón que la voz de
Gabriela Ferri me acompañó en noches desesperantes de la pubertad, con
esos deseos locos de salir a buscar a la muchacha que había visto tras
los puentes, de olerla, de palparla sin importar si eran las tres o
cuatro de la mañana, de respirar junto a ella, de hurguetearla, de
rasguñar la vida sin saber lo que era, precisamente, la vida, es que a
esta Ferri la llevo guardada en el bolsillo de un paletó arrugado que no
uso (o tal vez sigo usando) desde esa época.
Los años, en cambio,
fueron pasando como pasan los cardúmenes en las noches australes. Junto a
éstos zapatearon otras generaciones. Y llegaron, pues, otros ritmos, y
llegaron otras ideas, y vinieron y se establecieron movimientos
libertarios, cabellos larguísimos, la palabra paz, la palabra flor. Y
como si algo o alguien remecieran mi arquitectura, sin darme cuenta un
día cualquiera, me fui apartando de Gabriela Ferri.
Los tiempos
actuales nos jugaron una mala pasada. El aceleramiento por buscar y
encontrar cosas, el constante e inconstante tráfago, nos puso, de la
noche a la mañana, una especie de pizarrón blanco.
Sin embargo, y
curiosamente, con la Ferri me ocurre algo distinto, algo a lo que podría
llamar “extraño”: cada cinco o diez años me la vuelvo a encontrar.
Parece que me esperara, con los brazos cruzados como reclamándome.
Aún
estando viva, volvía a ella sin saber siquiera si seguía cantando o si
se había retirado ya de los grandes escenarios italianos.
Ad porta de
los veinte años, comencé a leer con cautela, para ganar tiempo al
tiempo, para ordenar ímpetus por la escritura, a los poetas malditos
franceses. Más tarde, y en forma desordenada, entran a mi casa Víctor
Hugo, Pushkin, Gógol, Byron, Zolá, France, Bretón, Carpentier, Nobokow,
hasta reencontrarme con la literatura de la segunda mitad del siglo
veinte. Y en cambio, y en cambio, cada cierto tiempo retrotraía
acontecimientos y volvía a la etapa de los treinta lustros con ése: “Se
acaba ya la tarde….la última que queda…”
Por esta razón, pasado el
siglo 21, con la tecnología aferrada a nuestras manos, con las
comunicaciones instantáneas, con esto de “lanzar un silbido y ser
escuchado en un segundo en Francia, en Rusia, en España”, se me ocurre
revisar videos de Gabriela Ferri. Es en este momento que me encuentro
con el pasado de nuevo. La veo cantar con su belleza de antaño,
mostrando esos ojos vivos, llameantes, unidos a la voz sensual que me
electrizó en la pubertad.
Revisé todos.
Lo hice sin vacilar ni un
segundo, sin temor, sin esconder esa pena eterna del pasado. Veo, ahora,
con estupor, el paso de los años en ella.
Ya tenía más de sesenta
años y la observo hinchada, con una voz extraviada seguramente desde
mucho tiempo atrás. Veo, en este último video, al público italiano, a
los generosos italianos aplaudiendo a su diva, aquélla que quiere cantar
como en sus buenos tiempos.
Al verla con esa imagen de sus últimos
días, sin haber tenido noticias de ella por varias décadas (sin
olvidarla) y al mismo tiempo trayendo siempre a mis días la etapa de los
quince años, persiguiendo a esas muchachitas hermosas en los puentes
costaneros de mi norte, quise comprender por qué un día del 2004 se
lanzó al vacío desde su departamento.
Gabriela Ferri tuvo algo que ni
ella misma entendió: una voz melancólica, una voz que busca respuestas
en la vida y no las encuentra
Enamorado eterno de Gabriela, de esa
voz que me perseguirá debajo y encima de los ríos, traigo al presente mi
corazón latiendo acelerado cuando escucho Radio Cooperativa del 2004:
“La cantante italiana Gabriela Ferri, de 63 años, se suicidó el sábado
cuando se arrojó desde el balcón de su departamento -ubicado a siete
metros de altura- en la localidad italiana de Viterbo.
Según
información divulgada en la prensa peninsular, la artista sufría de una
severa depresión que la aquejó en los últimos años”.





































