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El hilo invisible [Por Isabel Suárez Maldonado]




Poco antes de las dos de la mañana, solo los ronquidos del señor Julio se escuchaban en la casa de los Parada. Verónica Parada, que ahora soñaba para aliviar a su fatigado cuerpo, realizaba la misma rutina cada noche: Con su salto de cama y su taza de infusión de manzanilla en una mano, recorría cada habitación de la casa apagando luces y revisando que cada cosa esté en su lugar. Todo en orden, pensaba después de escudriñar su vitrina de la sala, atiborrada de delicadísimos adornos, y subía a dormir.
En esa vitrina, entre patos de cristal y búhos de cerámica, se encontraba un candelabro metálico con pantalla de colorido vitral llamado Clara. No destacaba entre el popurrí de orfebrería que lo rodeaba, pero era bello por naturaleza y Verónica Parada lo apreciaba.
Poco antes de las dos de la mañana, como decíamos, Clara oía los ronquidos y empezaba a temblar, pues sabía que en cualquier momento el hilo invisible daría su primer tirón.
Ahí estaba, no demoró ni un segundo. El tierno pajarito de madera del reloj cucú saludaba dos veces con su melodía de abuelas y el hilo invisible empezaba a tirar del cuerpecillo metálico de Clara.
Cuánta impaciencia. Clara se hacía paso entre las miniaturas de porcelana, abría apenas la puerta de la vitrina y saltaba al brazo del sofá rojo. Trepaba al respaldo y lo recorría a lo largo, cuidando de no resbalarse, hasta la ventana entreabierta. Se paraba en el alféizar, miraba al vacío y saltaba. Cada noche mejoraba su salto, pero la caída siempre era un desastre. Se acomodaba la velita aromática, se enderezaba y seguía su camino a brincos, que si no se levantaba, el hilo invisible lo arrastraba de todas maneras. No sabía aguardar, el hilo invisible.
Clara brincaba por la galería hasta el pasto y luego seguía bordeando la casa por un costado. Se tropezaba con ramas y raíces, se caía en huecos ocultos en la maleza, se ensuciaba con barro y así, sosteniendo tembloroso su vela, llegaba a una pequeña reja negra que guardaba el depósito de los Parada.
Clara había llegado. De las tinieblas del depósito, salía a su encuentro Antoine, el martillo.
Clara pasó por entre los barrotes de la reja, le dio a Antoine un besito de hierro y vitrales, y ambos se metieron bajo un toldo plástico. De inmediato, el martillo quiso despojar al candelabro de su pantalla, pero este no se dejó con la facilidad de cada noche.
_Tenemos que hablar_ le dijo Clara, con miedo en la voz.
_Podemos hablar después_ respondió Antoine, ansioso_ sacate la pantalla.
Antoine se acercó al candelabro y, con un movimiento de la parte posterior de su cabeza, lanzó la pantalla de vitral al piso. Clara pedía que no, con voz baja, pero no se esforzó [mucho] para no quedar con la vela al viento.
_Antoine_ musitó Clara_ en serio, necesito que me escuches.
El martillo tenía oídos de palo. La vela era lo único que le interesaba. Inició su ritual arañando con ternura el cebo, untando sus metales con cera fría. Clara solo temblaba, ya ni siquiera decía que no. Dolían un poco los araños en la vela, pero era Antoine, era normal.
Ahora el martillo también temblaba, pero no de frío ni de nervios. En muy poco tiempo, el espíritu de su madera ya estaba inquieto y su alma rogaba salir despedida de su erecta estructura. Se puso a rebatir sus cachivaches y entre estos lo encontró.
_ ¡No, por favor!_ exclamó el joven candelabro tras el hallazgo del encendedor_ mi vela se está agotando y si la encendés ahora me voy a quedar sin nada.
_Tu dueña la va a cambiar_ refutó Antoine, convencido_ total, es solo una vela. No vale nada.
_Te equivocás_ balbuceó Clara, entre risa y llanto_ Verónica no va a cambiar mi vela porque nunca la ha encendido. Te conocí con la vela nueva y vos te has encargado de consumirla hasta este punto.
_Qué dramático_ se burló Antoine_ como todos los adornitos. Quizás, si te rompo unos cuantos cristales, tu dueña se da cuenta y te repone entero.
Clara se quedó helado.
_Es chiste_ aclaró el martillo, notando su repentino espanto_ ahora déjate encender.
Activó el encendedor y se iluminó todo el escondrijo que los amparaba. Clara miraba el fuego embelesado, atraído a este como por magnetismo. Era su momento favorito, quizás la auténtica razón por la que acudía al llamado del hilo invisible cada noche, ya que solo entonces podía ver directo al fuego, a la llama, antes de que esta pase del encendedor a su mecha y su cera se empiece a derretir.
Qué desbarajuste, qué sufrimiento. Lo que quedaba de su vela se chorreaba y el charco de cebo derretido que de a poco se iba formando lo destrozaba de ardor. Pero más que el dolor, lo descomponía la cara con que el martillo, idiotizado, contemplaba la tenue flama que salía de su cabeza.
_Antoine, tenemos que empezar a ver a otras personas. Creo que sería mejor que los dos busquemos parejas dentro de nuestro entorno_ dijo Clara, harto de su embobamiento.
_¿Qué? _preguntó el martillo, absorto en el fuego.
_Que deberías estar con alguien del depósito_ explicó Clara despacio, temeroso_ así como yo debería estar con alguien de la sala.
Antoine se sobresaltó y lo miró perplejo. En su rostro de martillo, Clara percibió cómo colisionaban la ira, la confusión y la desesperación, todas ellas estrellándose en una fracción de segundo de total inexpresividad. Un rostro a punto de explotar. Fue entonces que Clara logró ver un resplandor extraño en el cuello del martillo y supo que no podía ser más que el hilo invisible.
Con brutal determinación y con la última llama que podía sostenerse de su diminuto pabilo, Clara se lanzó de cabeza hacia el nudo del hilo, pero Antoine, apenas sintió el roce del fuego en su cuello, arremetió contra el candelabro a martillazos.
El delicado cuerpo metálico quedó tendido en el suelo y la oscuridad fue total. Corazón en mano, el martillo tomó el trapo menos sucio del depósito y lustró el magullado esqueleto del candelabro.
Clara no dijo palabra. No se dijo una palabra más. Con la parsimonia que requiere un cuerpo herido, Antoine le ayudó a pararse y a vestir su pantalla, guiado por la flama intermitente de su encendedor. Clara se alegraba cada vez que lo encendía, le reconfortaba el cuerpo, pero ni siquiera así, ni siquiera notando la costra de cera que había dejado en el cuerpo del martillo, estaba dispuesta a decir una palabra más.
Antoine la acompañó durante todo el recorrido de vuelta. De hecho, era la primera vez que recorría ese camino a pie. Lo escoltó hasta su vitrina, hasta su pequeño rincón, y al dejar a Clara notó la preciosidad de adornos que lo rodeaban, la pulcritud y la belleza. Tanta recargada formalidad en la que él nunca tendría que encajar. Aliviado  por su pensamiento, salió al jardín y lo caminó como quien acaba de llegar a este mundo de infinitas posibilidades, sintiéndose más libre que nunca, libre al fin del tormento al que lo tenía atado a ese candelabro infeliz e inconforme. Ahora sin velita aromática, además.
A la mañana siguiente, la señora Parada notó los dañas en su candelabro. Sujetándolo, lo acercó a su cara para verlo mejor y preguntó en voz alta, al viento, que quién había golpeado su candelabro, luego lo dejó en su sitio y continuó con su vida, como tiene que ser.



Isabel Suárez Maldonado (1994) nació en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Cursó la escolaridad en el colegio Espíritu Santo. Actualmente estudia Comunicación Audiovisual en Diakonía, de la Universidad Católica Boliviana, y trabaja como fotógrafa independiente. Su pasión por la lectura nació con El Principito y sus primeros cuentos fueron escritos sobre el pupitre del colegio, a sus 15 años. Desde entonces se ha dedicado a expresar en letras todo cuanto ha podido. El 3 de febrero de 2012, cumpliendo 18 años, fundó el blog Caja de Zapatos, destinado a contener todos sus escritos, los que merecen ver la luz y los que no tanto.
En abril del 2016 ganó el Concurso No Municipal de Literatura 2015, organizado por Alexis Argüello, quien fundó su editorial Sobras Selectas con la primera obra de esta autora.
Caja de Zapatos es el título del primer libro de cuentos publicado por Isabel Suárez.


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