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Poemas de Rodrigo Castillo Naves




El agua y la planta 

El agua se hace verde en la planta, café en la tierra;
Se enmaraña invisible, se disfraza en el contorno.
La forma del agua es la forma de la planta, del árbol;
Los colma hasta sacarles la hoja, la flor;
Satura la flacidez en el pellejo del tallo hasta elevarlo,
Luego circula y se hace aire, se convierte en insustancial.
La respiración de la planta es el aliento del agua,
La efervescencia que sopla en el poro.
El agua no es feliz cuando se le derrama, se ahoga,
Precisa un espacio donde apretarse, la raíz donde filtrar.
La planta inmoviliza sus vestidos en la tierra,
El agua los hincha sin romper sus hechuras
Respetando el diseño que halló en la semilla.
Agua y planta se necesitan, se buscan en la quietud del llano;
Intuyen que por separado no serían más que cenagal
O desojada mustiedad en una calle de otoño.


El perro 

El perro me fija la vista mientras yo hago lo mismo con los dedos en el teclado. 
Debe preguntarse dónde andas o por qué desapareces tanto. 
Pero creer eso del perro sería deformar su imaginación con doctrinas humanas. 
Para él debemos ser la misma cosa que a veces se hace dos y después otra vez una. 
Algo que se desdobla para hacerle compañía y entretenerlo un rato, 
Para que le tire la pelota mientras el otro cocina o para que le dé la vuelta 
Mientras el otro le echa agua a las plantas. 
Para el perro debemos ser la misma cosa que a veces huele diferente. 
Una amalgama que se desenreda cuando quiere hacerse compañía, 
De pelo largo o corto, de caricias suaves o bruscas; 
Que se encierra en un cuarto para volver a enredarse; 
Que cambia de anatomía cuando entra o sale del baño. 
Para el perro debemos ser la misma cosa, pero eso no quiere decir 
Que no extrañe a la otra cuando la cosa se queda estacionaria en un género. 
El perro quiere el desdoblamiento, le gustan las dos partes. 
Cuando no estás o yo soy mucho rato, me mira exigiendo que salgas de ahí dentro. 


Océano

Te ahínca en un socavón transparente, en una piel diamantina
Que es superficie y talud al mismo tiempo.
Evoca cristalería derramada, cuarzo licuado o diáfana claridad
En el abismo basalto.
Un alba sin luz en el movimiento que cae o espuma blanca
En el balance del cuerpo. 
La hora intensa, alguien más lo sabe.
Iris de un ojo inmenso, Leviatán en el globo  
O ilusión de vidrio molido reverberando al revés de un espejo.
Parece ser diáfano/negro, plateado/luna
O gota celeste en la mano oscura del cosmos.
Estalla, se quiebra y compone. Vuelve a flagelarse.
Arrulla la permeabilidad de una pluma  
Mientras cuaja la solidez perenne.
Es abrevadero colosal sobre la cabeza caída de las montañas.
Imagen al fondo de cualquier catalejo. 
Noé insomne. Sustancia ubicua. Ser imbatible. Poseidón no es tal.
El rojo se asfixia, se orilla. Se esconde en la altura o en catacumbas.
A su retiro: el desierto, cadáver expuesto, acuosidad descompuesta,
Su propia demacración.
Meridiano insondable, Estigia clavada en la evolución de la raza.
Paso obligado, esencia en el cántaro de acuario, vía láctea derramada.
El azul es primero.  



Rodrigo Castillo Naves es oriundo de la ciudad de Iquique desde 1980. Ha publicado artículos en la Estrella de Iquique (diario local) y hace poco participó como “escritor invitado” en un encuentro realizado en la frontera con Bolivia denominado: Apthapi, cuyos textos podrán leerse en el catálogo que se presentará en el 2017. Cuenta con cuatro obras acabadas: dos poemarios, un libro de cuentos y una novela corta.       

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