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Tres libros de Andrés Caicedo [Cuentos completos, Destinitos Fatales, Que viva la música]





Los narradores de Caicedo son casi siempre adolescentes y comparten la misma aversión al mundo adulto. Sus cuentos tienen deudas aparentes con sus lecturas decimonónicas —Hawthorne y Edgar Allan Poe están en ellos—, pero también disfrutan de la ayuda invaluable de los cuentistas del sur norteamericano —Truman Capote, Flannery O’Connor—, que no por nada son los mejores herederos de cierta tradición gótica. A esas visiones de infiernos privados, `Caicedo` les dio la forma que le enseñaron los grandes latinoamericanos —Borges, Cortázar, Bioy—, y con todo eso dejó algunos aprendizajes torpes y muchos relatos extraordinarios que nos hablan hoy con la misma claridad insolente con que hablaron a sus primeros lectores. 

El mundo del Calicalabozo, ese mundo macabro poblado solamente por angelitos empantanados, obsesionado por contar historias para jovencitos —«Cali es una ciudad sólo para adolescentes», solía decir—, ese mundo que traza con tanta crueldad los destinos fatales de sus tristes protagonistas, está en todos estos cuentos: su oscuridad, sus vidas alucinadas, su sexualidad confusa, su existencia en los márgenes, sus brutales estrategias para huir del sufrimiento (el de la juventud, que los personajes no saben distinguir del de la vida misma) que siempre acaban en el abismo y la perdición y el desencuentro irremediable. 

Los cuentos de Caicedo, obsesionados como estaban por la juventud, se han negado —igual que se negaba Peter Pan— a envejecer. Aquí están, tan jóvenes como hace décadas. Ni una arruga les ha salido. 


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