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Luis La Hoz - Vendrá La Muerte Y Tendrá Tus Ojos: 33 Poetas Suicidas





La Poesía es una voz que llega no sabemos de qué lugar. Tal vez un perfume, un sonido, una palabra, una certeza o una equivocación puedan hacer posible que esa voz, la de la Poesía, surja como un río 
tempestuoso o como una tranquila fuente. De alguna manera así también aparecen las ideas. A principios de los setentas, Armando Arteaga y yo caminábamos infinidad de calles, de día o de noche, hablando de poetas y de Poesía, de versos que sabíamos de memoria, de anécdotas y cuentos, de teorías literarias y de las otras. Una noche, recuerdo parloteamos más de la cuenta y, asombrados, nos pusimos a reflexionar acerca de los poetas que habíamos estado nombrando y que apreciábamos mutuamente. Fue una especie de revelación. Nerval, Hart Crane, Alfonsina, Esenin y Maiacovski, el loco de Berryman ¡Todos estaban muertos y ellos mismos se habían lanzado al pozo! Y también Paul Celan y el bellísimo Cesare Pavese y el tal Chatterton, ese chico que Cortázar nos cuenta en su Ultimo Round. Claro, en nuestros gustos también existían poetas que no estaban en el pozo, pero sí muchos allí, ahora extrañamente resplandeciendo, unidos por "aquello". La idea brotó entonces, inquietante, como una perla negra. Teníamos entre manos una selección de poetas, una posible antología de poetas suicidas. 

Esa misma noche tomamos papel y lápiz e hicimos una primera lista y confrontamos un primer resultado. Quedamos totalmente satisfechos con la idea y con las posibilidades del trabajo y con una sensación de poseer algo vivo, contradictoriamente, algo muy vivo. 

Armando Arteaga inició el trabajo y luego me lo entregó. Desde esos años hasta hoy mucha agua ha corrido bajo los puentes. La antología tiene treinta y tres poetas. ¿Número cabalístico?. ¿La edad de 
Cristo cuando murió y, por lo tanto, una suerte de fastidiar a la religión cristiana y/o católica?. No lo sé. 

El suicidio es un tema límite, siempre lo ha sido en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Las religiones cristianas, y la católica básicamente, prohíben el suicidio dentro de sus consideraciones acerca de la vida y de la muerte, haciéndolo aparecer como la extrema ofensa a Dios y, por ende, pasible del peor castigo. Somos creaturas de Dios y sólo Él tiene derecho a decidir sobre nuestra vida y sobre nuestra muerte. El suicidio es pues aterrador, algo de lo cuál es mejor no hablar. Sin embargo existe y vive frente a nosotros como, una espada filosísima e invisible. 


Sería muy largo entrar a reflexionar acerca de esa espada. Quizás otros- lo puedan hacer con adecuados afiladores. No obstante, recordemos algunas palabras de Henry Miller en su libro El Tiempo de los  Asesinos:..." En el caso del suicida no nos interesa saber si su muerte fue rápido o lenta, si su agonía fue breve o prolongada. Lo que nos importa es el acto, pues súbitamente nos hace comprender que ser y no ser son actos, no verbos intransitivos que convierten en sinónimos la existencia y ta muerte. El acto del suicidio posee siempre un efecto detonante; nos golpea por un momento la conciencia. Nos hace ver que estamos ciegos y muertos. ¡Y qué típico de nuestro mundo gobernado por enfermos, que la ley juzgue estos actos con hipócrita severidad!. No queremos que se nos recuerde lo que hemos dejado sin hacer; nos acobardamos ante la idea de que más allá de la tumba el dedo del prójimo estará siempre señalándonos". Duras palabras, ¿verdad?. Más duras todavía si quien se clavó en el pozo fue artista, un poeta. Pero, ¿acaso es diferente el suicidio de un artista al de una persona común corriente?. Tal vez sí, tal vez no. De todos maneras, hay en estos treinta y tres poetas varias cosas que los une, aparte de la decisión final. Talento fuera de lo común, agudeza y sensibilidad exacerbadas; son una especie de videntes.


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