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Poesía de Charles Simic




Mi madre era una trenza de humo negro.
Me llevaba bien arropado sobre las ciudades en 
llamas.
El cielo era un inmenso lugar barrido por el
viento para que un niño jugara en él.
Encontramos a muchos como nosotros. Trataban
de ponerse sus abrigos con brazos hechos de humo.
En vez de estrellas, los altos cielos estaban llenos
de pequeños y encogidos oídos sordos.




  Fui secuestrado por los gitanos. Mis padres me
rescataron. Luego los gitanos volvieron a secuestrarme.
Esto duró un tiempo. Un minuto estaba en la 
caravana, mamando de la oscura teta de mi nueva
madre, y al minuto siguiente estaba sentado a la mesa
imperial del comedor, tomando mi desayuno con una 
cuchara de plata.
  Era el primer día de primavera. Uno de mis 
padres cantaba en la tina; el otro pintaba un gorrión
vivo con los colores de un pájaro tropical.





   Soy el último soldado napoleónico. Han pasado
casi doscientos años y sigo batiéndome en retirada
de Moscú. El camino está flanqueado por abedules
blancos y el barro me llega hasta las rodillas. La mujer
tuerta quiere venderme una gallina, y ni siquiera tengo
con qué vestirme.
  Los alemanes van en una dirección; yo, en la 
contraria. Los rusos van por otro lado mientras
se despiden. Tengo un sable de gala. Lo uso para 
cortarme el pelo, que tiene metro y medio de largo.





Historias de fantasmas escritas como ecuaciones
algebraicas. La pequeña Emily está muy asustada
junto a la pizarra. Las Equis parecen un cementerio de
noche. El maestro quiere que husmee entre ellas con
una tiza. Todos los niños contienen el aliento. La tiza
blanca lanza un chillido entre los signos más y menos,
y luego vuelve la calma.







La ciudad había caído. Llegamos ante la 
ventana de una casa dibujada por un loco. El sol de
poniente brillaba sobre unas cuantas máquinas sin
utilidad abandonadas. "Recuerdo", dijo alguien "que
antiguamente era posible convertir a un lobo
en hombre y luego sermonearle hasta quedarnos
a gusto"







Feria Rural

En fin, si no viste el perro de seis patas
no importa.
Nosotros sí, y apenas se movía.
Lo de sus patas es lo de menos.

Uno se acostumbra enseguida
y acaba por pensar en otras cosas.
Como por ejemplo: qué frío hace,
o vaya noche para pasear por la feria.

En todo caso, el dueño arrojó un palo
y el perro salió corriendo tras él.
Dos de sus pats colgaban en el aire
y al verlas una chica rompió a reír.

Estaba borracha, al igual que el hombre
que insistía en besarle el cuello.
El perro cogió el palo y nos miró.
Y ahí se acabó la actuación.




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