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OBRA POÉTICA DE CÉSAR MORO






LA POESÍA COMO FATALIDAD

La Poesía sigue proyectando su luz mortal y lacrimógena; luz vivificante del devenir humano dentro de sí mismo y no orientado hacia la conquista de nuevos metales cuya fusión dosificada estalle asolando tierras de cultura, tesoros anímicos penosamente acumulados, segando el más preciado, el más rutilante de los tesoros: la vida humana.
CESAR MORO


Siendo la poesía algo inaprensible, todo acercamiento literario a la poesía de César Moro ( 1903-1956) tenderá al fracaso porque ésta fue concebida, desde un principio, por destellos, explosiones, carnalidad, pasión. Por otro lado, Moro nos plantea el problema de su bilingüismo. La mayor parte de su obra fue escrita en francés y, aunque ha merecido ser seleccionado en algunas antologías del superrealismo francés, ciertamente para nosotros no es un poeta francés sino un poeta peruano cuya obra queremos rescatar e inscribir en nuestra tradición. Un poeta peruano pero un poeta exiliado, no solo de su idioma materno o por hnber permanecido una larga temporada en Europa durante 1925 y 1933 (en que participó en algunas de las jornadas iniciales del superrealismo) y luego en México por un lapso de diez años entre 1938 y 1948, sino, sobre todo, por haberse sentido aislado y disconforme en su propia tierra a la que siempre vio como hosca y salvaje. Moro era, pues, un poeta rebelde  y segregado dentro de la sociedad que le tocó vivir y estos sentimientos los manifestó varias veces ampliados a la tragedia total del hombre contemporáneo: "algunos hombres vivimos todavía, oscuros, hambrientos, llenos de rabia, de la rabia insaciable del hombre por las condiciones infames que lo mutilan y lo arrojan, muñeco sangriento, en las manos terribles del sueño que desconocen las bestias intelectuales, los famosos bueyes que halan la gran carroza en que se pudre y aniquila dialécticamente el mundo occidental".


CARTA DE AMOR


Pienso en las holoturias angustiosas que a menudo nos rodeaban
al acercarse el alba
cuando tus pies más cálidos que nidos
ardían en la noche
con una luz azul y centelleante.
Pienso en tu cuerpo que hacía del lecho el cielo y las montañas
supremas
de la única realidad
con sus valles y sus sombras
con la humedad y los mármoles y el agua negra reflejando todas
las estrellas
en cada ojo
¿No era tu sonrisa el bosque resonante de mi infancia
no eras tú el manantial
la piedra desde siglos escogida para reclinar mi cabeza?
Pienso tu rostro
inmóvil brasa de donde parten la vía láctea
y ese pesar inmenso que me vuelve más loco que una araña
encendida agitada sobre el mar

Intratable cuando te recuerdo la voz humana me es odiosa
siempre el rumor vegetal de tus palabras me aisla en la noche total
donde brillas con negrura más negra que la noche.
Toda idea de lo negro es débil para expresar la larga ululación
de negro sobre negro resplandeciendo ardientemente
No olvidaré nunca
Pero quién habla de olvido
en la prisión en que tu ausencia me deja
en la soledad en que- este poema me abandona
en el destierro en que cada hora me encuentra
No despertaré más
No resistiré ya el asalto de las grandes olas
que vienen del paisaje dichoso que tú habitas
Afuera bajo el frío nocturno me paseo
sobre aquella tabla tan alto colocada y de donde se cae de golpe
Yerto bajo el terror de sueños sucesivos agitado en el viento
de años de ensueño
advertido de lo que termina por encontrarse muerto
en el umbral de castillos desiertos
en el sitio y a la hora convenidos pero inhallables
en las llanuras fértiles del paroxismo
y del objetivo único
pongo toda mi destreza en deletrear
aquel nombre adorado
siguiendo sus transformaciones alucinantes
l a una espada atraviesa de lado a lado una bestia
o bien una paloma cae ensangrentada a mis pies
convertidos en roca de coral soporte de despojos
de aves carnívoras
Un grito repetido en cada teatro vacío a la hora del espectáculo
indescriptible
Un hilo de agua danzando ante la cortina de terciopelo rojo
frente a las llamas de las candilejas

Desaparecidos los bancos de la platea
acumulo tesoros de madera muerta y de hojas vivaces de plata
corrosiva
Ya no se contentan con aplaudir aullando
mil familias momificadas vuelven innoble el paso de una ardilla
Decoración amada donde veía equilibrarse una lluvia fina en
rápida carrera hacia el armiño
de una pelliza abandonada en el calor de un fuego de alba
que intentaba hacer llegar al rey sus quejas
así de par en par abro la ventana sobre las nubes vacías
reclamando a las tinieblas que inunden mi rostro
que borren la tinta indeleble
el horror del sueño
a través de patios abandonados a las pálidas vegetaciones maníacas
En vano pido la sed al fuego
en vano hiero las murallas
a lo lejos caen los telones precarios del olvido
exhaustos
ante el paisaje que retuerce la tempestad


México DF, diciembre de 1942

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