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La transformación por Virgilio Piñera



Cuando los mellizos cumplieron seis años sus padres se volvieron niños.
Claro está, el hecho no se produjo sin algunos incidentes previos a la transformación; sin ciertas escenas, por así decirlo, insólitas.
Pero antes de aclarar en qué consisten estos incidentes y estas escenas, es preciso decir que los padres de los mellizos eran gente normal.
Padres amantísimos, se consideraron bendecidos por el cielo por la llegada de los mellizos.
Decían: “A pocos matrimonios les es deparada dicha semejante.” El día que nacieron los mellizos, la madre le dijo a la comadrona:
—No sabe cuánto envidio a mis mellizos. Querría ser uno de ellos.
La comadrona corrió, muerta de risa, a decirle al feliz padre lo que le había confiado la feliz madre. Mas para gran sorpresa de la comadrona, el padre le dijo:
—Piensa lo mismo que yo.
Pero como todo eso era dicho con sana alegría, resultaban tales exclamaciones el colmo de la normalidad.
Cuando los mellizos cumplieron el primer año de nacidos se dio una gran fiesta.
En el acto del bautismo y mientras los padrinos sostenían a los mellizos en la pila, los padres se echaron agua bendita en la cabeza.
Llegó la hora de apagar las dos velitas de la torta de cumpleaños.
Estaban las madrinas y tías aleccionando a los mellizos frente a las velitas, cuando se oyó un soplido. Eran el padre y la madre que las apagaban.
Sin embargo, nadie dio importancia al hecho. Lo normal se explica mejor que lo anormal. Y todos se echaron a reír. De nuevo encendieron las velitas, las apagaron los mellizos y la fiesta se desarrolló normalmente.
Unos días más tarde el padrino de Arturo (el mellizo) le regaló una escopeta, y la madrina de Olga (la melliza) le obsequió una muñeca.
Apenas se habían marchado los padrinos, los padres de Olga y Arturo hicieron desaparecer los juguetes.
Si se les preguntaba, decían que los mellizos rompían los juguetes. Y suplicaban que, en lo adelante, no les regalaran nada.
Llegó el segundo año. Ahora, nueva torta con cuatro velitas. Se repitió la escena del año anterior. Parientes y vecinos empezaron a murmurar, pero siguieron prefiriendo la normalidad. Al tercer año, los mellizos, que recordaban esas escenas, protestaron, pero sus gritos balbuceantes se perdieron entre los soplidos del padre y la madre apagando las seis velitas.
Con niños de tres años de edad se puede hacer mucho.
Olga fue enseñada por su madre a personificar la estatua del Dolor; día y noche caminaba por los sombríos salones de la casa con sus bracitos sobre el pecho, la vista baja, prorrumpiendo en gritos muy parecidos a los que exhala Lucía de Lammermoor en la escena de la locura.
Por su parte, el padre transformó a Arturo en Napoleón, un Napoleón después de la batalla de Waterloo, “desengañado de todo, taciturno y envejecido de golpe”.
Por la vitalidad de la infancia y por la inocencia, no podía saber que remedaba a un Napoleón ni Olga a la estatua del Dolor. Pero...
Cuéntense los días hasta sumar años y tendremos el hábito. Los niños se fueron posesionando de su papel. Arturo sólo hacía un movimiento: el de llevarse las manos a la espalda. Olga repetía su ¡ay! de un modo que taladraba el corazón.
Consecuentemente, los padres operaron también su transformación.
Por ejemplo, la madre acostaba a Olga en el gran lecho matrimonial, para ocupar la camita de su hija. Arturo dormía en un catre de campaña, y el padre dormía en la cama del niño. Padre y madre despertaban gimoteando como niños. Es que, como los niños, se habían orinado. Después iban a la cocina, se preparaban su respectivo pomo de leche y la succionaban por el biberón.
La alimentación de los mellizos estaba de acuerdo con el papel que representaban: Arturo comía mendrugos de pan de munición; Olga tomaba ajenjo.
Un poco más tarde, los padres dejaron de hablar como adultos. Ahora pronunciaban sílabas confusas seguidas de gran jeremiqueo. En cuanto a Olga, proseguía en su ¡ay! intermitente; Arturo había incorporado un ¡oh! que no sé si había pertenecido, en efecto, a Napoleón.
El día en que cumplían diez años de nacidos, los padres obligaron a los mellizos a limpiarles el trasero. Tanto el padre como la madre hacían caca y usaban pañales.

1947



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