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El templo de la verdad por Juan Rodolfo Wilcock




 El templo de la verdad


  Aunque siempre dentro de los límites de la moderación, el Jardín de Diversiones de Battersea Park parecía satisfacer adecuadamente la voluntad de exotismo de sus visitantes mediante pagodas, animales en jaula, pérgolas, esculturas modernas y vivas combinaciones de colores violentos; entre otras atracciones Diana Pucci vio surgir de la parte posterior del gran orinatorio para caballeros una multitud militar de asiáticos vestidos de escocés, en verde y negro, que desfiló tocando la gaita a través de un caos de chocolatines, padres entusiasmados y patos de celuloide que flotaban ensimismados en los charcos de la lluvia. Porque hacía mucho calor y cada diez minutos caía un chaparrón; la animación general, periódicamente frustrada, se arrastraba con gallardía como una bandera mojada entre los truenos y las lapiceras en forma de avión o de cohete.
  Para eludir la lluvia intermitente Diana decidió refugiarse en un pabellón de aspecto oriental que ostentaba sobre la entrada, en caracteres chinescos pero claramente legibles, este letrero: "Templo de la Verdad". La puerta era inesperadamente angosta; por otra parte, no era en realidad una puerta, sino un corredor sinuoso que parecía girar varias veces sobre sí mismo, de modo que al recorrerlo uno no sabía con certeza si entraba o salía. Por esto o por algún otro motivo de carácter más complejo la gente prefería repararse de la lluvia en cualquiera de los locales circundantes, que proclamaban sus nombres, viles o simbólicos pero siempre concretos y directamente relacionados con los placeres de la vida cotidiana, entre escenas y caricaturas más o menos groseras pintadas sobre arpilleras a ambos lados de sus respectivas entradas.
  A lo largo del corredor inicial del Templo de la Verdad se alineaba una serie de aparatos automáticos que mediante la introducción de una moneda en una ranura suministraban al visitante un papel impreso o un folleto —según el importe de la moneda— sobre el cual se podía leer la respuesta a este o aquel problema fundamental de la humanidad; el enunciado del problema se encontraba indicado en el cartelito correspondiente a cada aparato. Pero estos cartelitos estaban tan cubiertos de polvo y de hollín, que Diana no conseguía descifrar el texto completo de esos antiguos enigmas del espíritu, manuscritos en letreros polvorientos.
  Al emerger del corredor Diana se encontró en una vasta sala o galpón solitario deficientemente iluminado. Sin ornamentos y sin mayores pretensiones de belleza o por lo menos de gracia arquitectónica, el techo del galpón apoyaba directamente sobre una multitud de columnas salomónicas de papier maché, distribuidas al parecer en forma de avenidas o series paralelas, que convergían unas hacia el centro del recinto y otras hacia la entrada. Un gran cartel de cartón, que daba la impresión de haber estado arrumbado largo tiempo en un taller mecánico, porque aparecía literalmente cubierto de manchas de dedos y hasta de manos enteras impresas en grasa negra, explicaba a quien pudiera interesarle que esta disposición de las columnas era un símbolo de la facilidad con que el ser humano logra acceso a los diversos dominios del entendimiento, así como su convergencia en una sola verdad.
  Diana Pucci se internó por la galería externa comprendida entre los muros curvos del local y una hilera concéntrica de columnas también salomónicas. La pared estaba dividida en paneles; dentro de estos paneles se erguían por así decir vanamente en la penumbra y la soledad extensas ampliaciones fotográficas de dibujos al lápiz como los que ilustran los periódicos populares. El primero de la serie, empezando por la derecha, representaba la muerte de un filósofo; el anciano expirante, con una mano distraídamente posada sobre la frente de su discípulo rubio, sonreía de dolor en un rincón del calabozo, contemplando con curiosidad dos víboras de aspecto convencional que erguían sus cabezas, marcadas por sendos signos cabalísticos, en el vano mismo de la puertita de la celda.
  El panel siguiente, separado del primero por una cariátide de yeso con una canasta de ananás en los brazos, se denominaba "El Poder de las Artes"; en un vasto paisaje de arroyos y quebradas, un músico encantaba con su cítara un grupo de animales, todos disímiles entre sí, que lo observaban atónitos desde la espesura de una selva contigua; sobre una gallina atenta, los árboles inclinaban sus hojas como otras tantas orejitas alertas para escuchar la inaudita melodía.
  A continuación, un santo de expresión hierática incómodamente encaramado sobre la cúspide de una columna figuraba "La Contemplación"; siete palomas vigorosas le traían la comida en una canasta, y una de ellas llevaba en el pico una cinta con la leyenda "Ya nada me perturba". Seguía un botánico en un jardín tropical, con un crisantemo de tamaño excepcional en una mano y un hongo curiosamente fálico en la otra, como ilustración de "El Orden de la Naturaleza".
  Los paneles alegóricos se sucedían sin interrupción, tan notables por su número como por su incongruencia. Uno de los más interesantes era el que representaba a un sabio de larga cabellera blanca y turbante, de pie sobre una nube apoyada sobre cuatro obeliscos egipcios, a su vez apoyados sobre el dorso de una inmensa tortuga que flotaba entre las estrellas; el letrero de esta figura decía: "Todo tiene una Causa". En otro panel, un señor de barba en punta y espada al flanco conversaba con una niña que acunaba un ternerito en sus brazos; en otro, un físico asomado al balcón de una hermosa torre inclinada arrojaba objetos de diverso tamaño a los curiosos que lo observaban desde el pie de la torre. Después de una serie de pintores y de poetas latinos, venía un grandioso panel doble donde un dramaturgo se entretenía en encadenar las pasiones y las virtudes a la luz violenta de un palacio renacentista en llamas.
  También entre llamas, otro poeta vestido a la usanza medieval se cubría los ojos con el brazo izquierdo para no ver a un demonio de facciones idénticas a las suyas, que en ese momento exclamaba "Papé Satán" con un dedo metido en la nariz; en el cuadro siguiente un compositor alemán leía el Knabe Wunderhorn recostado sobre la ladera florida de una montaña boscosa, a cuyo pie se divisaba la ciudad de Francfort. Frecuentemente se asombraba Miss Pucci al leer el texto de los carteles; en ciertos casos no le quedaba más remedio que suponer que éstos habían sido trocados entre sí por algún malévolo, como esos graciosos que intercambian los letreros con los nombres de las plantas en los Jardines Botánicos. Pero en otros casos le resultaba sin embargo posible, después de unos minutos de reflexión, descubrir su verdadera justificación, por remota que ésta pudiera seguirle pareciendo.
  Se dedicó luego a observar las estatuas y grupos de cera, pintados con los mismos colores de la vida, que llenaban los breves espacios libres entre las columnas. Eran innumerables; entre tantas otras figuraciones, los que más le llamaron la atención fueron la de un médico en la pira con un corazón en la mano, la de un teólogo en una iglesia rodeado por tres monjes que con pinzas e instrumentos especiales procedían a arrancarle los testículos, y el emocionante descuartizamiento de un filósofo arriano. Las esculturas de este grupo llevaban la denominación genérica de "Remuneraciones de la Inteligencia".
  A medida que se iba acercando al centro del local, Diana advertía que la iluminación mejoraba sensiblemente. Bajo esa luz más fuerte se destacaban sobre todo la escultura de un matemático que trazaba teoremas en la arena de la playa, sin advertir detrás de sí la presencia de un legionario romano con la espada desenvainada; la de un apóstol que discurría en el interior de una catacumba; la de un biólogo que a la luz de una vela medía la distancia que media entre los dos ojos de una rana; y la de un anciano calvo que elevaba triunfante un tubo de ensayo con un homúnculo en su interior.
  Más al centro las estatuas no eran ya de cera sino de material plástico, imitando sustancias y metales preciosos con bastante acierto; un geómetra francés de marfil y coral destruía con su cimitarra de rubíes un pequeño ejército de mentiras de ébano (las explicaciones podían como siempre leerse en un letrero del basamento); a su lado un químico criselefantino y un fisiólogo de ónix derrotaban sofismas con ojos de carbunclo.
  Se oía al mismo tiempo un murmullo de fuentes, transmitido al parecer por un altoparlante colgado del techo; de otro aparato similar manaba una música más bien melosa y más bien vulgar, aunque un cartel contiguo alegaba que ésa era nada menos que la música de las esferas. En el centro mismo del local, donde convergían todas las avenidas de columnas, se erguía magnífica la estatua de la Verdad, poderosamente iluminada mediante reflectores de colores que giraban con lentitud, formando los más ingeniosos arcos iris sobre el techo de cartón prensado y el papier maché de las columnas torsas.
  El material plástico que componía esta estatua era distinto, y de calidad notoriamente superior; a pesar de su consistencia, parecía luminoso, tan luminoso que aun siendo transparente no era traslúcido. Se habría dicho que la estatua no tenía forma: era como una masa cambiante que irradiaba felicidad. El pedestal simulaba un rubí, asentado sobre un dado de oro; las cuatro columnas que lo circundaban imitaban el mercurio sólido.
  Diana Pucci se sentó en un banco contiguo de azulejos fosforescentes, y permaneció un rato en meditación ante la rara estatua. Le intrigaba sobre todo que nadie entrara en el templo, que ni siquiera hubiera un cuidador.
  En eso estaba, cuando oyó entrelazarse con las músicas que llenaban el ambiente una especie de ronquido, cada vez más sonoro. Era un estertor irregular e inhumano. Diana trató de averiguar de dónde provenía.
  En el fondo del pabellón, bajo un panel que ilustraba la Teoría de la Relatividad mediante figuras curiosamente encorvadas y estiradas como las imágenes que se reflejan en un espejo convexo, descubrió después de uno o dos minutos de búsqueda el origen de los ronquidos. Era una vieja mendiga acostada en el suelo, que dormía con la cabeza caída hacia atrás y la boca abierta; por ésta asomaban los tres o cuatro dientes que le quedaban, grandes, carcomidos, negros y casi sueltos. La mujer despedía un olor mezclado de cerveza rancia, urea y humedad; los harapos que componían su vestimenta eran numerosos y multicolores, sucios y discordantes. Tenía los pies envueltos en un montón de trapos atados con piolines, y las piernas descubiertas. Las medias de una y otra pierna eran de distinto color, y más parecían un muestrario de agujeros que un par de medias; sin duda hacía muchos años que no se las cambiaba, porque no era concebible que pudiera volver a ponérselas después de habérselas sacado. Las viejas sin hogar y sin dinero se vuelven a veces tan excéntricas, avaras y viciosas como las personas que siempre han sido ricas, pensó Diana.
  A través de los agujeros de las medias se entreveía la carne de las piernas de la vagabunda, una sola masa de llagas y pústulas sanguinolentas: quizá toda la superficie de su cuerpo padeciera de ese mismo mal, porque por el cuello asomaban llagas similares. Sobre la pústula más líquida y más abierta de la pierna izquierda, cuatro o cinco ratas voluminosas pero esqueléticas se afanaban por mordisquear y lamer la sustancia indescriptible de su interior. Cuando Miss Pucci se acercó, las ratas no se asustaron; parecían mirarla con odio, pero con seguridad se trataba de una ilusión, porque las ratas no disponen de tanta variedad de expresiones como los seres humanos.
  La vieja no las sentía, sin duda sumida en el marasmo de la cerveza; pero Diana trató de espantarlas golpeando el piso con los tacos. Las ratas no se fueron; en cambio la mendiga abrió un poco el ojo izquierdo y balbuceó:
  —¿Ya empezó el baile? Tengo unas ganas de bailar…
  Entonces Diana le preguntó:
  —Pero señora, ¿qué hace aquí entre esas ratas?
  Con dificultad siempre creciente, la vieja intentó contestarle:
  —¿Aquí? Yo…
  Su voz se perdió en un gemido. Volvió a cerrar el ojo entreabierto, y poco después empezó a roncar otra vez; un hilo de baba verde le chorreaba ahora de la boca. Diana pensó que era mejor dejarla tranquila, y salió lentamente del pabellón, donde la Verdad informe y luminosa seguía ofreciendo la felicidad de sus símbolos al vacío.


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