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Cinco textos de Constantino Cavafis y libro de poesía completa






LOS SABIOS SABEN LO QUE SE AVECINA


(1915)


 Pues los dioses saben el futuro; los hombres,
el presente, y los sabios, lo que se avecina.
FILOSTRATO, Vida de Apolonio de Tiana, 8.7.

Los hombres conocen el presente.

El futuro lo conocen los dioses,

únicos dueños absolutos de todas las luces.

Pero del futuro, los sabios captan

lo que se avecina. En ocasiones

su oído, en las horas de honda reflexión,

se sobresalta. El secreto rumor

les llega de hechos que se acercan.

Y a él atienden reverentes. Mientras en la calle,

fuera, el vulgo nada oye.






EL DIOS ABANDONA A ANTONIO


(1911)


Cuando de pronto, a media noche, se oiga

pasar invisible un báquico cortejo

con músicas maravillosas, con vocerío—

tu fortuna flaqueante, tus obras

fallidas, los sueños de tu vida

que salieron todos vanos, no los llores inútilmente.

Como dispuesto desde hace tiempo, como un valiente,

despide, despide a Alejandría que se aleja.

Sobre todo, no te engañes, no digas que fue

un sueño, que tu oído te engaño;

no te acojas a tan vanas esperanzas.

Como dispuesto desde hace tiempo, como un valiente,

como te cabe a ti, que de una ciudad tal mereciste el honor,

acércate resuelto a la ventana

y escucha conmovido, mas sin

súplicas ni lamentos de cobarde,

como goce postrero los sones,

los maravillosos instrumentos del místico, báquico cortejo

y despide, despide a la Alejandría que tú pierdes.







T R O Y A N O S


(1905)


Son nuestras fatigas, las de los infortunados,

son nuestras fatigas como las de los troyanos.

A poco que triunfemos; a poco que orgullosos

nos sintamos, comenzamos ya

a tener ánimo y buenas esperanzas.

Pero siempre ocurre algo y nos detiene.

Aquiles surge en la trinchera ante nosotros

y a grandes voces nos espanta.

Son nuestras fatigas como las de los troyanos.

Pensamos que con arrojo y decisión

vamos a mudar la hostilidad de la fortuna

y nos echamos fuera a pelear.

Mas cuando llega el momento decisivo,

el arrojo y decisión se desvanecen;

se turba nuestra alma y paraliza;

y en derredor corremos de los muros

buscando salvarnos en la huida.

Nuestra derrota es, sin embargo, segura. Arriba,

en las murallas, el treno ya ha empezado.

De nuestros días lloran recuerdos y pasiones.

Con amargura lloran por nosotros Príamo y Hécuba.




EMBAJADORES DE ALEJANDRÍA


(1918)


Desde siglos no se veían en Delfos ofrendas tan hermosas

como las enviadas por los dos reyes Ptolomeos,

hermanos y rivales. Desde que las recibieron,

inquietos, sin embargo, por el oráculo estuvieron los sacerdotes.

Precisarán de toda su experiencia para redactarlo sagazmente;

quién de los dos, quién de tan grandes soberanos quedará contrariado.

En secreto por la noche se reúnen

y discuten los asuntos de la casa de los Lágidas.

Mas he aquí que los embajadores regresaron. Se despiden.

Vuelven a Alejandría —dicen—. Y no piden

ningún oráculo. Con alegría oyen esto los sacerdotes

(claro está que ellos se guardan los espléndidos presentes),

mas quedan en extremo confusos,

sin entender qué significa esta repentina indiferencia.

Porque ignoran que ayer graves nuevas llegaron a los embajadores.

El oráculo se emitió en Roma: allí se había hecho el reparto.



RECUERDA, CUERPO…


(1918)


Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto se te amó,

no sólo los lechos donde estuviste echado,

mas también aquellos deseos que, por ti,

en miradas brillaron claramente

y en la voz se estremecieron — y que un

obstáculo fortuito los frustró.

Ahora que todo se halla en el pasado,

parece casi que a los deseos

aquéllos te hubieras entregado — cómo brillaban,

recuerda, en los ojos que te miraban;

cómo en la voz por ti se estremecían, recuerda, cuerpo.



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