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Blanche La Sangrienta por Marcel Schwob



Blanche La Sangrienta

A Paul Margueritte

Cuando Guillaume de Flavy se cansó de las guerras y de la política quiso aumentar su herencia y tomar esposa. Era un hombre alto y fuerte, ancho de espaldas, de abultadas tetillas y muy peludo; hacía doblarse hasta el suelo a dos caballeros armados colocándoles las dos manos encima. Se calzaba las polainas e iba el mismo hasta la gleba a golpear con su espesa mano la espalda de los sucios hombres que se doblaban sobre los surcos. Tenía la cara cuadrada y roja a causa de la sangre que latía siempre en sus sienes, y los huesos de las carnes crujían entre sus mandíbulas.
Un día, cabalgando por la linde de sus prados, cerca de Reims, vio los campos de Robert d'Ovrebreuc. Echó pie a tierra y entró en la gran sala de la casa. Las arcas alineadas a lo largo de los muros, amplias y capaces de esconder a una persona, tenían un aspecto miserable, la mesa del mobiliario estaba coja, los hierros del hogar oxidados y el asador cubierto de media pulgada de grasa. Aquí y allá se veía un delantal de zapatero, leznas y martillos planos. En un rincón había un hombre con las piernas cruzadas que manejaba la aguja en una camisa de tela burda. Pero también había una niña, en cuclillas sobre las piedras del hogar, que tenía mirada absorta y cabellos de oro alrededor de su pálida cara, y que volvía la cabeza hacia Guillaume de Flavy. Tendría unos diez años, el pecho plano, los miembros frágiles, las manos menudas; su boca, dibujada en la cara como una cortadura sangrienta, era la de una mujer.
Era Blanche de Ovrebreuc; su padre se había convertido en vizconde de Acy pocos días antes por ley de sucesión. El tenía la espalda redonda, la barba larga, las manos aptas únicamente para las herramientas; cuando pensaba en sus feudos tomaba el aspecto sorprendido e inquieto del hombre que maneja un objeto peligroso. El escudero inglés Jacques de Béthune, que servía bajo la bandera de Luxem-burgo, había venido a pedir a la muchachita, y su padre, indeciso, no sabía si debía esperar algo mejor. Las tierras de la herencia estaban gravadas en trescientos mil escudos; el antiguo vizconde de Acy debía personalmente otros diez mil; quizá los ingleses o los luxemburgueses se encargarían de pagar las deudas.
Pero fue Guillaume de Flavy quien se llevó a la pequeña Blanche. Pagó las deudas para guardar las tierras y se casó con ella en un matrimonio blanco prometiendo no consumar éste hasta tres años más tarde. Así fue como este hombre de enorme apariencia se apoderó de los feudos de Acy y de un ser frágil, salvaje e infantil. Tres meses más tarde la pequeña Blanche vagaba por el castillo como una gata enferma, con las cejas fruncidas y los ojos sin color, porque había conocido los crueles desposorios con Guillaume de Flavy.
Ella no comprendía nada ni podía comprender. Era muy distinta en edad y maneras. El hombre era tan duro con ella como con su barbero. Cuando estaba a la mesa se limpiaba la boca con el revés de la mano y arrojaba las viandas que le sobraban a la cara del obsequioso barbero. Gritaba y juraba sin parar y disponía de su vino y sus vituallas. Colocaba las fuentes ante sí dejando a ambos lados de la mesa al padre y a la madre de Blanche, una madre que ya tenía la cabeza temblona y cuyos huesos nacían ángulos por todo su cuerpo; malvivió durante algún tiempo sin comer y sin hablar, vieja e ininteligible, se puso lívida y murió. El padre decayó como si hubiera tomado veneno y después de haber bebido firmó actas para Flavy; había abandonado sus tierras cargadas de deudas y se frotaba las manos canturreando, contento por su buena renta vitalicia. Pero como ya no comía quiso tener dinero, gritó débilmente como una pobre criatura espantada y compuso un pliego de quejas para el rey con su escritura temblorosa. Guillaume agarró los papeles por casualidad, el viejo gimió, los lacayos le encerraron bajo el foso y cuando, un mes más tarde, lo sacaron al sol encontraron un cadáver seco con los dientes clavados en un zapato cuya puntera habían roído las ratas.
La pequeña Blanche se volvió extraordinariamente glotona. Comía dulces hasta reventar y su boca sangrienta estaba siempre repleta de pasteles y cremas. Inclinada sobre la mesa, con los ojos cerca de las viandas, devoraba rápidamente con una mirada siempre límpida; luego bebía largos tragos de vino, clarete o tinto, con la cabeza echada hacia atrás y por su cara se veía pasar una oleada de placer; se echaba un cubilete de vino en la boca completamente abierta, lo guardaba sin tragarlo, con las mejillas abultadas, y luego, lo salpicaba al rostro de los invitados como una fontana viviente. Después de la comida se levantaba vacilante y, ebria, se ponía de pie contra la pared igual que un hombre.
Sus maneras gustaron al bastardo de Aur-bandac, negro y maligno, cuyas cejas se unían en una sola línea encima de la nariz. Iba con frecuencia a casa de Flavy, de quien era pariente y cuyas tierras esperaba con impaciencia. Como era esbelto, nervioso, de tobillos de acero y fuertes puños, miraba el pesado cuerpo de Guillaume con expresión irónica. Pero la pequeña Blanche no se impresionó. Entonces él le habló delicadamente de sus vestidos, asombrado de verla todavía con su atavío de novia (le dijo que había crecido desde entonces) y le mostró a las burguesitas que poseían vestidos de escarlata, de Malinas o de marta, forrados de piel, con grandes mangas y una caperuza de cuyo largo cucurucho colgaba una tela de seda roja o verde que caía hasta el suelo. Ella lo escuchaba como si le hablara de un vestido para una muñeca. Entonces el bastardo de Aurbandac le siguió la corriente vaso en mano, la hizo beber y reír y le ofreció dulces, burlándose de su marido de tal manera, que ella salpicaba el vino como un pájaro que se baña aleteando en una rodada llena de agua.
El barbero, cuya cara llevaba huellas de huesos de cordero, se inclinaba en medio de los dos y juntó su cabeza con la del bastardo. Juntos fraguaron un complot para apoderarse del castillo y acordaron que éste sería para el bastardo, y que la mujer, dada su inocencia, estaría a merced de ambos siempre que se encargara de las llaves de la bodega y de la despensa.
Una tarde, Guillaume de Flavy tropezó con el umbral y se dio un golpe en la cara hacién-dose una herida que le abría la mejilla y la nariz. Gritó llamando al barbero y éste vino casi inmediatamente trayendo lienzos impregnados de un olor singular. La cara de Guillaume se inflamó durante la noche, la piel se le puso blanca y distendida, con vetas más obscuras, sus ojos saltones lloraban sin cesar y la herida tenía el repugnante aspecto de las carnes martirizadas.
Toda la mañana estuvo en un sillón, aullando de dolor; la pequeña Blanche parecía tan aterrada que hasta se olvidó de beber y miraba a Guillaume desde el otro extremo de la habitación con sus ojos transparentes mientras su boca, muy roja, se movía débilmente.
En cuanto Guillaume subió a acostarse, velado por el escudero Bastoigne, resonaron en el castillo mil ruidos ligeros. Blanche escuchaba con la oreja pegada a la puerta y un dedo sobre los labios. Se oían apagados choques de cotas de malla, sordos golpes de armas, rechinaba el postigo de la gran poterna y en el patio había un chirrido desacostumbrado. Algunos inciertos resplandores de farol pasaban y volvían a pasar. No obstante, en la gran sala donde aún estaban preparadas las piezas de carne, ardían las antorchas de resina con una llama erecta y un largo hilo humoso a través del aire calmo.
Blanche subió dulcemente, con su paso de niña, a la habitación de su marido que estaba tendido de espaldas, con la cara inflamada rodeada de vendajes y vuelta hacia las vigas de arriba. Bastoigne salió porque Blanche se iba a acostar. En efecto, se deslizó en el lecho y puso sobre su brazo la repugnante cabeza para acariciarla. Guillaume respiraba difícilmente con jadeos desiguales. Entonces la pequeña Blanche se puso sobre él, tomó la almohada, la sostuvo sólidamente sobre la cara entrapajada y abrió una mirilla que había encima de la cama y que normalmente estaba sellada.
Por allí pasó la negra cabeza del bastardo trepando con precaución. De un salto se puso de rodillas sobre el pecho de Guillaume y le asestó dos o tres golpes en la cabeza con el bastón hendido que traía. El hombre emergió de las sábanas y un grito horrible brotó de su boca tumefacta. El barbero salió de debajo del jergón y agarró al escudero Bastoigne por medio del cuerpo cuando abría la puerta; el bastardo le cortó el cuello a Guillaume con una daga que llevaba a la cintura. El cuerpo se enderezó y cayó a tierra arrastrando a la pequeña Blanche, que se quedó en el suelo yaciendo sobre el cadáver caliente y recibiendo la tibia sangre que brotaba del cuello; su vestido había quedado atrapado bajo su marido agonizante y ella no era lo bastante fuerte para librarse.
El barbero, solícito, ayudó a levantarse a la pequeña Blanche mientras el bastardo se lan-zaba a la ventana; y como Blanche de Ovre-breuc, vizcondesa de Acy, era religiosa, limpió su boca y la cara de su marido con su caperuza de Picardía, se la puso sobre la hinchada cara y dijo tres Pater y un Ave con su voz infantil en medio de los gritos lanzados por los hombres del bastardo de Aurbandac que buscaban los cofres de la avena.




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