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Poesía de Robert Lowell




Ulises y Circe  


I



Diez años antes de Troya y diez antes de Circe,

suplantaron los nombres a las cosas,

los nombres que él, Ulises, les pusiera,

perdidos, por entonces, nombres suyos:

mirmidones, espartanos, un soldado de Ulises el temido…

¿Por qué he de renovar su infame sufrimiento?

Él ya ha obtenido su porción de gloria,

cuando se le ocurrió hacer un caballo

de madera, a tamaño mayor que el de una casa,

poniendo fin así a diez años de guerra.

“A causa del engaño”, él asegura:

“Yo llevé a cabo lo que ni Diomedes,

ni Aquiles, hijo de Tetis él,

ni nadie entre los griegos,

con su innúmera flota lograr pudo:

Destruir Troya tal y como lo hice.”







II

¿Acaso hay aún quién dude

que lo mejor para una esposa sea

despertarse a las cinco, con el sol, y para ella

disponer de tres horas al día, suyas, propias?

Él ve cómo transcurre, entre azul y marrón,

su río cotidiano, deslizándose

por su antebrazo joven, estirado

y entrecruzarse luego…

Como una hoguera roja el sol se eleva,

débil chisporrotea por las ramas más bajas,

devorando las hojas (como hace la langosta)

dejando intacto y sin quemar el árbol.

En quizá diez minutos,

o en el mismo intervalo al de su despertar,

el sol se pondrá blanco, como suele,

cambista indiferente que trueca noche en día,

el inmutable, él mismo, tanto en paz como en guerra…

Alternando producen las persianas líneas de sol y sombra,

aunque las de la sombra prevalezcan

sobre la honestidad de su cómodo lecho regalado.

A su lado acostada yace Circe,

como tibia madera soñolienta y gustosa…

Ella dice: “Me están contando tantas maravillas

y soy tan dormilona,

que me siento incapaz de dar respuesta.”





III

¡Ojalá que sin día llegase la mañana!

Él continúa acostado y teme a los sirvientes,

sus conductas al uso, sus palabras

insistentes, salvajes. Se le va de las manos…

Su exótico palacio, de travesía imposible,

ha sido concebido de tal modo

que ningún griego sobrio pueda bien navegado.

Tiene miedo al chillido de los cerdos

que bajo su ventana entierran carne,

el que esos animales

grasientos sean humanos y que exijan

su lugar preferente en el banquete.

Su propio corazón se le atraganta,

pero sólo es un mal imaginario,

luz del alba que llega con la aurora…

“¿Por qué he llegado a ser mi propio fugitivo,

por qué me ha trastornado la belleza de Circe

hasta hacerme sentir distinto de otros hombres?”






IV

Ella abandona el lecho y su cabello

está lo mismo que su corazón: intrincado y revuelto.

Hablan como dos huéspedes

que esperan que sea el otro el que abandone la casa…

Esa armonía bastarda de lo irreconciliable.

Su decisión de abandonar a Circe

se hace necesidad.

Compasión es terror y ningún cisma

puede ya quebrantar, de su lábil carácter,

las inmisericordes decisiones.

Sus ojos se convierten en un pozo de llanto,

en el que, hipnotizados,

caen sus seguidores, idiotas animales.

Imposible les es la vigilancia;

como degenerados,

siguen al ritmo de ella en sus impulsos,

consumiendo sus días y sudando después

con sumisión histérica.

De joven tomó Ulises decisiones

sobre comprometidas estrategias;

mas en su edad madura ha decidido

asumir un futuro lleno de incertidumbre;

él morirá, como otros, por designio de dioses,

haciendo que naufrague su tripulación última

en un ignoto océano, a la busca

de un mundo despoblado aun más allá del sol,

perdido en los clamores más groseros

de un vendaval ruidoso.

En la isla de Circe diminuta,

se le amplió la forma de contemplar el mundo

(tras leves mezquindades, se ennobleció a sí mismo

hasta dar con el modo de regresar a casa).

Todo le disgustaba

en su mítica vida empobrecida.

Nostalgia le da el loto por el irremediable

dolor que él ya detesta… Ella está donde está.

Su discurso salpica

con los coloquialismos ya caducos

de una generación más joven que la suya

(dialecto de moda en esta isla).

Ella lleva consigo su magnífico tiempo…

Las bellísimas chicas que la siguen

son aún para Circe sus mejores amigas,

pese a que su reputación esté dañada

más que lo estuvo nunca la de Helena,

pero a Helena salvaba su graciosa apostura.

Circe apenas si llega

a cortadora de retales míseros

(los desperdicios de sus cortes yacen

desperdigados todos por los suelos:

no usados, mal usados, chaquetones e insignias,

la bestia degollada).

A ella le va el desorden de su casa

(llaves ocultas para cerraduras

ya inencontrables,

anónimos retratos, cosas muertas

envueltas en papel color de polvo…),

la oleada del vino anterior a la lucha.

Leves placeres dejan quemaduras eternas

(el aire se calienta por altas galerías

y miles de termitas acaban con las vigas);

éste es un pensamiento de mediados de otoño:

el momento en que mueren los insectos

de una forma instantánea,

como quisiera uno que lo hiciese un amigo.

De camino hacia el barco, a un árbol solitario

se le caen de repente la mitad de sus hojas,

sobre la tierra permanecen verdes.

Resisten otros árboles.

Después de uno o dos días,

a ellos también les dejarán sus hojas,

teñidas por la duda,

mustias antes de tiempo.




V

“Durante mucho tiempo yo empapado

y a menudo también tocando fondo

por el verde, gran mar, de los semáforos

que autorizaban nuestra navegación,

hallé que mi fatiga era la luz del mundo.

La tierra no es la tierra si yo tengo

mis ojos en la luna, en su imagen captada

en un único instante de vacío

(duplicidad infiel ofrecida a los hombres).

¿Tras de tantos milenios,

no estás cansada, Circe,

de transformar cochinos en cochinos?

¿Cómo podré agradarte, si yo no soy un hombre?

Por mi supervivencia conseguí que mis huesos

perdieran su color

(yo, que era el que esperaba abandonar la tierra

mucho más joven que cuando llegué a ella).

Nuestra edad se ha tornado en porquería

inarrancable ya de su sucia bayeta.

La edad que cruza nuestros rostros

hacia el final del túnel

(si es posible la fe en las creencias)

tornará más ligera nuestra carne.”




VI
 Penélope

Ulises anda siempre dando vueltas,

ni la fragilidad de su hijo

ni la pasión por su mujer

(¡cuánto la hubiese eso confortado!)

le detuvieron nunca. Ella no encuentra hazañas

ni en su marcha a la guerra ni en su regreso de ella.

(¡Diez años para ir y diez para volver!)

Desde el muelle a su casa,

a pie y ante la vista de todos él camina.

No ha podido ninguno reconocerle en Ítaca,

aunque todos conozcan las hazañas de Ulises.

Corren más sus rodillas que sus pies

y su boca apretada se hincha de aire,

su vista se ha habituado a bienvenidas.

Él busca alguna cosa que le oriente…

Cuanto le fue una vez intensamente blanco,

una señal y referencia antes,

solamente es ahora un estacionamiento de navíos.

Qué pálida y sin suerte parecía cu cara

veinte años atrás, hasta incluso la víspera

de su embarque triunfal y carnaval de gloria,

cuando dejó a Penélope hechizada

hasta desvanecerse ella en sus brazos

a causa de la danza. El riesgo fue su oficio.

Su polvorienta ruta a mediodía es ahora su casa;

él imagina

que ella sale en su busca velozmente,

vistiendo una amplia túnica de tubo

impregnada de todos los deseos,

la que ya se había puesto

en el último mes de su embarazo.

Entonces, sin todavía necesitar gafas,

los ojos de ella estrellas parecían,

conejo acorralado… Es hoy su casa

más tolerante y más condescendiente;

ella sigue en su hogar, confortable en su entorno

con su hijo, los amigos de su hijo,

todos sus pretendientes

(el caos habitual de quienes viven bien),

con salud y riqueza contrapuestas

en sus indumentarias…

(Sólo el dolor podría justificar la fealdad.)

Él ha visto ya el mundo conocido,

lo mejor y peor de los humanos;

el enorme entusiasmo de su peregrinaje

asume el peso y la gravitación

del estar vivo. Ulises entra en casa,

los ojos muy cerrados y la boca muy suelta…

El lecho conyugal le queda a un paso,

pero confunde a la hija con la madre.

No es de extrañar. Los varones le expulsan

(un animal idiota, mas perverso).

Ya está afuera;

sus no deseadas manos están ásperas,

dicen te quiero desde la otra parte

del ventanal cerrado.

A sus cuarenta años, todavía,

ella es el mejor busto de todas las presentes.

Él la mira y ella ve que la mira idiotizado;

ella se vuelve entonces

hacia sus pretendientes conociendo

que el arte mentiroso de la diosa Minerva

no devolverá a Ulises

la invencibilidad que tuvo ni tampoco

la juventud que entonces poseyera…

¡Media vuelta —Volte face—!

(El gira al modo de los tiburones,

haciéndose visible detrás de la ventana.)

Orgulloso de su cuerpo, doloridos los ojos

y satisfecho por sus cicatrices,

Ulises, instintivo asesino

en el machismo de su senilidad,

saborea de antemano el apogeo de la lucha

quebrantando las aguas por destruir su huella.

Él ha sobrepasado su tamaño.

Es uno más entre los pretendientes,

sus agallas están plegadas y en su sitio,

antinaturales rejillas de ventilación,

que con un botoncillo podrían ser cerradas,

como lo son las celdas de una cárcel…

Diez años de pasado y otros diez de futuro.




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