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Los enemigos por Dylan Thomas - Relato



Era entrada la mañana en los verdes prados del valle de Jarvis, y el señor Owen arrancaba las malas hierbas de las lindes de su huerta. Un viento poderoso le tironeaba de la barba, y a sus pies bramaba el mundo vegetal. Un grajo perdido en el cielo graznaba en busca de compañía, pero su pareja no apareció. Al fin, enfiló solitario hacia el oeste con un lamento prendido en el pico. Irguiendo los hombros para descansar un poco, el señor Owen levantó la vista al cielo y contempló aquel oscuro batir de alas contra un sol rojizo. En su cocina que azotaba el viento, la señora Owen suspiraba ante un puchero de sopa. Tiempo atrás, el valle era tan solo un redil para el ganado. Solo los vaqueros bajaban de la colina para guiar con sus voces a las vacas y ordeñarlas después. Ningún desconocido había pisado jamás el valle. El señor Owen había llegado hasta allí un atardecer de finales de verano, después de vagar a solas por toda la comarca. Aquel día y a aquella hora, las vacas yacían plácidamente tumbadas, y el arroyo saltaba cantarín entre las guijas. Aquí, en medio de este valle, pensó el señor Owen, edificaré una casa pequeña, de una sola planta, rodeada por un jardín. Y volvió sobre sus pasos, por la misma ruta que lo había llevado hasta el valle, por las colinas tortuosas, para regresar a su pueblo y contar a su mujer lo que había visto. Así acabó por levantarse entre los verdes campos una humilde casita. Plantaron en torno a ella un huerto y en torno al huerto se alzó un cercado con su seto, que impedía el acceso de las vacas a las verduras.

Todo eso sucedió a principios de año. Ya habían pasado el otoño y el verano. El huerto había florecido y se había marchitado. La escarcha cubría la hierba. El señor Owen volvió a inclinarse sobre la tierra para arrancar los hierbajos; el viento retorcía las testas de la grama y arrancaba una oración de sus verdes fauces. Pacientemente iba arrancando y estrangulando los hierbajos, provocando en la tierra un combate: entre sus dedos morían los insectos que habían excavado sus galerías donde brotó la mala hierba. Se iba cansando de matarlos, y se cansaba más aún de arrancar las raíces y los tallos verdes y malignos.

La señora Owen, asomada a las profundidades de su bola de cristal, había dejado que la sopa hirviese a su manera. La bola bullía oscura y espesa hasta que vino a iluminarla el reflejo de un arco iris. Relucía, refulgía como el sol, gélida como la estrella polar, y se reflejaba en los pliegues de su vestido, donde la sujetaba con todo su amor. Los posos del té del desayuno le habían anunciado la llegada de un oscuro desconocido. La señora Owen se preguntaba qué le diría la bola de cristal.

Por las raíces descuajadas culebreaba un gusano retorciéndose al tacto de los dedos, inerme y ciego a plena luz del sol. De pronto se había llenado la hondonada entera con el viento, el gemir de las raíces, los alientos del cielo bajo. No solo chilla la mandrágora cuando la arrancan de cuajo: las raíces retorcidas chillan también. Todos los hierbajos que el señor Owen arrancaba del suelo chillaban y daban alaridos como si fueran niños de pecho. En el pueblecito del otro lado del monte, al compás del viento encolerizado, las ropas tendidas a secar en los jardines se mecían en danzas extrañas. Y las mujeres de vientre inflado sentían un golpe nuevo en las entrañas al inclinarse sobre las artesas de agua hirviendo. La vida les corría por las venas, los huesos y la carne que los envolvía, carne que tenía su estación y su clima, mientras el valle envolvía las casas con la carne de la hierba verde.

Como una tumba profanada, la bola de cristal rendía sus cadáveres a los ojos de la señora Owen. Ella contemplaba los labios de las mujeres y los cabellos de los hombres que iban cobrando forma en la superficie de aquel mundo transparente. Pero de repente desaparecieron las formas como por ensalmo y ya solo se distinguían los perfiles de las colinas de Jarvis. Por el valle invisible que se abría bajo aquella superficie venía caminando un hombre tocado con un negro sombrero. Si prosiguiera su marcha, acabaría por caerle en el regazo. «Por las colinas viene caminando un hombre con un sombrero negro», exclamó, y abocinó la voz al otro lado de la ventana. El señor Owen se sonrió y siguió escarbando entre los hierbajos.

Fue por entonces cuando se extravió el reverendo Davies. Llevaba toda la mañana extraviado, así que se apostó contra un árbol plantado en la divisoria de las colinas de Jarvis. Un ventarrón removía las ramas y la tierra magnífica y verdosa trepidaba inquieta a sus pies. Por doquiera que paseara la vista, las lomas del monte se alzaban erizadas contra el cielo, y dondequiera que buscase refugio de la tormenta hallaba una atemorizada oscuridad. Cuanto más caminaba, más extraño se volvía el paisaje en derredor. Se remontaba hasta altitudes impensables, o bien descendía vertiginoso por un valle no mayor que la palma de su mano. Los árboles se balanceaban como seres humanos. Fue una coincidencia providencial alcanzar la divisoria de los montes cuando el sol llegaba a su cenit. El mundo se deslizaba entre dos horizontes, y él permaneció junto a un árbol y contempló el valle. Había en la campiña una casita rodeada por un huerto. Alrededor de la casa bramaba el valle, el viento la zarandeaba como un boxeador, pero la casa permanecía impasible. Le pareció al reverendo que la casa había sido arrancada del caserío del pueblo por un ave gigantesca que la hubiera depositado en medio de un universo tumultuoso.

Sin embargo, a medida que sorteaba los peñascos del monte, a medida que bajaba por los riscos, iba perdiendo su sitio en la bola de la señora Owen. Una nube le arrebató el sombrero negro, y vagaba bajo la nube la sombra anciana de un fantasma con heladas estrellas en la barba y sonrisa de media luna. Nada sabía de esto el reverendo Davies, que se iba arañando las manos entre las peñas. Era viejo, se había emborrachado con el vino del oficio matutino y aquello que le brotaba de los cortes no era sino sangre humana.

Nada sabía tampoco el buen señor Owen sobre las transformaciones del globo. Con el rostro pegado a la tierra, seguía arrancando los cuellos de los hierbajos que chillaban sin cesar. Había oído la profecía del sombrero negro en boca de la señora Owen, y se había sonreído para sus adentros, pues siempre sonreía ante la fe ciega que tenía su mujer en los poderes de las tinieblas. Había levantado la cabeza al oír sus voces, pero con una sonrisa había preferido la llamada preclara de la tierra. «Multiplicaos, multiplicaos», había dicho a los gusanos sorprendidos en las galerías, y los había partido en mitades parduzcas para que se alimentasen y creciesen por todo el huerto, para que salieran hasta los campos y llegaran a los vientres del ganado.

Nada de aquello sabía el señor Davies. Vio la silueta de un joven barbudo industriosamente inclinado sobre el suelo. Vio que la casa era una hermosa imagen con el pálido rostro de una mujer apretado contra el cristal de una ventana. Y quitándose el sombrero negro, se presentó como párroco de un pueblo que estaba a unas diez millas del lugar.

—Está usted sangrando —dijo el señor Owen.
Las manos del señor Davies estaban en verdad cubiertas de sangre.
Cuando la señora Owen observó las heridas del párroco, le hizo sentar en un sillón que había junto a la ventana y le preparó una taza de té.
—Le he visto a usted por el monte —dijo ella, y él le preguntó entonces que cómo había podido verle, si las colinas estaban a tanta distancia.
—Tengo buena vista —respondió ella.
Él no lo puso en duda. Aquella mujer tenía los ojos más extraños que él hubiera visto jamás.
—Esto es muy apacible —dijo el reverendo.
—No tenemos reloj —dijo la mujer poniendo mesa para tres.
—Es usted muy amable.
—Somos amables con cuantos llegan hasta aquí.

El reverendo se preguntaba cuántos caminantes vendrían a parar a una casa tan solitaria en medio del valle, pero decidió no hacer ninguna pregunta por miedo a que la mujer hallara una respuesta. Se dijo que la mujer tenía cierto misterio, que debía amar la oscuridad, pues todo estaba muy oscuro. Era ya demasiado mayor como para inquirir los secretos de la oscuridad, y ahora se sentía aún mayor, con el traje talar hecho jirones y empapado, y con las manos frías y envueltas en las vendas que le había puesto aquella extraña mujer. Los vientos de la mañana podían ya con él, ya podía cegarle el repentino advenimiento de la oscuridad. La lluvia podía pasar a su través como pasa a través de los fantasmas. Viejo, canoso y cansado, se había sentado junto a la ventana y casi se hacía invisible perfilado contra las estanterías y el lienzo blanco del sillón.

Pronto estuvo lista la comida y el señor Owen entró desde el jardín sin lavarse.
—¿Bendecimos la mesa? —preguntó el señor Davies cuando los tres estuvieron sentados a la mesa.
La señora Owen asintió.
—Oh, Dios Todopoderoso, bendice estos alimentos —dijo el señor Davies. Levantó la vista mientras seguía la oración y observó que los Owen habían cerrado los ojos—. Gracias te damos, Señor, por los dones con que Tú nos obsequias. —Y notó que los labios de los Owen se movían imperceptiblemente. No oía lo que decían, pero supo que no pronunciaban la misma oración.
—Amén —dijeron los tres al unísono.

El señor Owen, orgulloso en el comer, se inclinaba sobre el plato igual que se había inclinado sobre la tierra. Fuera se distinguía el pardo corpachón de la tierra, el verde pellejo de la hierba y el pecho de las colinas de Jarvis. Un viento constante zahería la tierra animal, y el sol absorbía el rocío de los campos. En las orillas del mar, los granos de arena se estarían multiplicando mientras el mar rodaba por ellos. Sintió en la garganta la aspereza de los alimentos: le parecía que la corteza de la carne tenía algún sentido y que también lo tenía el llevarse la comida a la boca. Observó con repentina satisfacción que la señora Owen tenía la garganta desnuda.

También ella estaba inclinada sobre su plato, pero jugueteaba por los bordes de este con las púas del tenedor. No comía porque se habían posado sobre ella los viejos poderes, y no se atrevía siquiera a levantar la cabeza y a alumbrar el verdor de su mirada. Sabía predecir por el sonido la dirección del viento en el valle. Sabía, por las formas de las sombras en el mantel, cuál era la situación del sol. Oh, si pudiera volver a tomar el globo y contemplar la extensión de las tinieblas que cubrían aquella luz invernal... Pero le rondaba las mientes una oscuridad que iba arrumbando la luz a su alrededor. Tenía a la izquierda un fantasma. Con todas sus fuerzas convocó a la luz intangible que rodeaba al fantasma y la mezcló con las tinieblas de su propia mente.

El señor Davies, como si un pájaro le estuviera chupando la sangre, sintió una intensa desolación en las venas y, en un dulce delirio, contó sus aventuras por los montes, el frío y el viento que había pasado, y cómo aquellos habían subido y bajado ante sus ojos. Había estado perdido, dijo, y había encontrado un oscuro recoveco en que refugiarse del viento intimidante. Le había dado miedo la oscuridad y había errado por el monte, zarandeado toda la mañana como un barco sin rumbo. Por todas partes se había sentido bamboleado, suspenso en el vacío o aterrado por las tinieblas que le acuciaban. No había lugar al que pudiera ir a parar un viejo, se dijo, compadeciéndose de sí. Por amor a su parroquia amaba también las tierras que la circundaban, pero el monte se había vencido a su paso o lo había levantado por los aires. Y porque amaba a su Dios, amaba también la oscuridad donde los hombres de edad rendían culto a las tinieblas invisibles. Pero ahora las cuevas de los montes se habían poblado de formas y voces que se burlaban de él porque era viejo.

«Tiene miedo de la oscuridad —pensó la señora Owen—, tiene miedo de la maravillosa oscuridad.» Con una tenue sonrisa, el señor Owen pensó: «Tiene miedo del gusano de la tierra, de la copulación del árbol, del sebo viviente de las entrañas del mundo». Contemplaron al viejo y más que nunca les pareció un fantasma. La ventana le dibujaba en torno a la cabeza un halo difuso de luz.

De repente, el señor Davies se arrodilló y se puso a rezar. No comprendía el frío de su corazón ni el miedo que le paralizaba al arrodillarse, pero mientras recitaba la oración que había de salvarlo, contempló los ojos sombríos de la señora Owen y la mirada risueña de su marido. De rodillas en la alfombra, a la cabecera de la mesa, miraba fijamente a la oscura mente y al burdo cuerpo oscuro. Los miraba y rezaba como un viejo dios acosado por sus enemigos.



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